El regalo de navidad: a veces, un fiasco
Un amigo me contó la siguiente historia. Pasó hace dos o tres navidades. En el mes de diciembre, sus padres viajaron a Italia. Hicieron el típico tour en el cual se recorre todo el país en 21 días, dedicándole un promedio de 28 segundos a cada monumento.
Los padres regresaban el día 23, justo antes de navidad. Mi amigo va a buscarlos al aeropuerto para ayudarlos con las valijas. Al salir del sector de arribos, ve a lo lejos a su padre, empujando un carrito con los equipajes y a su madre, con otro chango en el que había únicamente una enorme caja de cartón.
Después de saludarlos, intrigado, mi amigo le pregunta a su mamá qué había en la caja.
-No sabés…- le responde ella. -Estuve todo el viaje con esta caja en las piernas. Más de 12 horas, tuve que soportarla. No pude comer, el tipo de al lado protestaba permanentemente, la azafata no quiso guardarla en ningún lugar… así que tuve que aguantármela.
-Pero, ¿qué trajiste?- insistió mi amigo.
-Ya vas a ver.
Cuando llegaron a la casa, la madre le entregó ese bulto enorme y le dijo:
-Tomá. Es tu regalo de navidad.
Mi amigo lo abrió y encontró un enorme pez de colores, hecho en vidrio, con una bombita en el interior. ¡Era una lámpara!
-Es de Murano- le dijo la madre orgullosa. -Mirá, enchufala.
Encendido, el pez resultaba más inmundo aún. ¿Cómo puede ser que, con todo el diseño que tienen en Italia hagan algo semejante? ¿Cómo puede ser que la tradición de Murano permita un objeto tan horrendo?
Mi amigo quedó obligado a tener ese pez de casi un metro de ancho por cincuenta centímetros de alto en una mesa de su living. No lo puede sacar. Pero ruega que un visitante desprevenido lo rompa de un pelotazo casual.
¡Gracias por el regalo de navidad, mamá! ¡No sabés lo lindo que queda encendido!